domingo, 21 de septiembre de 2008

LIBERTAD SEGUN KRISHNAMURTI



Por: Orlando Otero Goyeneche
ootero@yahoo.com

LORA, Dalmiro - FAMILIA
Oleo sobre Tela
2.36 X 1.04 mts. - 1987


Antes de abordar el tema central de esta importante visión, se aclara que la versión más sencilla de la llamada Gran Cadena del Ser, aceptada por la mayoría de las tradiciones religiosas de occidente como: cuerpo, mente, alma y espíritu, representa una secuencia de improbabilidad, para quienes trabajan en la ciencia convencional, pues consideran la realidad, incluida la conciencia humana, dentro de términos exclusivamente físicos. Existe total escepticismo en cuanto a aceptar una dimensión interna, en contraste con Oriente donde las cosas se identifican como maya o ilusión, mientras la conciencia es, en lo más profundo, considerada como la única realidad. Así, es probable que la ciencia de occidente solo haya aprehendido la mitad de la realidad y se continúe opinando que los procesos internos pueden reducirse a lo que tiene lugar dentro del cerebro, pues nadie nunca ha visto un alma.

No obstante lo anterior, para cualquier filosofía que se precie de integral, en el análisis de la conciencia deberían aceptarse como reales, tanto en el mundo interno como en el externo, pues cada ser humano posee una capacidad de introspección, un acceso directo e inmediato a su propio mundo, sobre lo cual ninguna teoría materialista de la conciencia ha proporcionado una explicación de cómo estos procesos tienen lugar. Para los más avanzados la psicología debería ser una ciencia introspectiva y no de la conducta como lo es en la actualidad.

Un breve conocimiento de krishnamurti indica que nació en la India en 1895. Que fue protegido desde la infancia por la Sociedad Teosófica, cuyos directores lo venían proclamando como “el instructor del mundo”. Finalizada su formación emergió como un maestro poderoso, inflexible e inclasificable; su visión no tenía conexión con ninguna religión específica y no pertenecía a Oriente ni a Occidente, sino a todo el mundo.
En el año 1929, cuando lo presentaron en Amsterdam como un “avatar” disolvió de forma dramática su imagen mesiánica y declaró que la verdad era “una tierra sin senderos”, ni iluminados a seguir, dentro de cualquier religión, institución iniciática, filosofía o secta.

Siempre rechazó su condición de Gurú y negó cualquier autoridad de ser, más que un simple individuo. No quiso discípulos y en el núcleo de su enseñanza resalta la comprensión del cambio social basado en la transformación de la conciencia individual, en el profundizar en el conocimiento propio y en conservarse alejado de las influencias restrictivas oriundas de los condicionamientos religiosos, políticos y nacionalistas. Señaló siempre la necesidad urgente de abrir “el vasto espacio del cerebro poseedor de una energía inimaginable”. Esta parece haber sido la fuente de su propia creatividad y de la influencia catalizadora que ejerció sobre tan amplia variedad de personas.

Murió a los noventa años y su obra se encuentra reunida en más de sesenta volúmenes, de la cual se han publicado libros dedicados a temas específicos.
Algunas de las apreciaciones de Krishnamurti dadas a continuación sobre la libertad, son la resultante a preguntas sobre el tema, hechas en diversas fechas y partes del mundo.

Con estos fundamentos, se aboca la conciencia con la visión de Krishnamurti, entendida ésta, como el receptáculo donde se dan los procesos liberadores en el ahora, porque la libertad solo se da afrontando la vida en cada instante, en el momento presente; cuando de hecho se está ante la Presencia, se la reconoce y, con ella la naturaleza esencial de la vida manifiesta en todas sus formas.

La libertad es percepción alerta, la de una mente que solo observa, sin justificar ni condenar, sin aprobar ni desaprobar y sin manifestar agrado ni desagrado. De una mente que vive en el presente y que por lo tanto carece de temor.

Existen varias clases de libertad: la política, la que produce el conocimiento y el talento, la que otorga el dinero, la que se posee respecto de algo, como estar libre de: la opresión, la envidia, de la tradición, etc. También la que se logra “al cabo de”: una disciplina, adquirir una virtud, del esfuerzo, etc. Estas son las libertades que generalmente se conocen y no las producidas por hacer lo que a si mismo le plazca, ni atiborrarse de conocimientos que redundan en reducir el margen de libertad, el cual cada vez cuenta con menos posibilidades para ser libre, porque uno no se conoce a sí mismo, porque no se está alerta para observarse en la totalidad pues la concentración se desvía generalmente hacia un punto en particular. No se trata de estar libre de algo, ni de ajustarse a las ideas de alguien, ni de practicar algún sistema pues se llega a ser esclavo. El culto a la personalidad o el investir de autoridad a alguien es también nocivo.

En todo el mundo el margen de libertad es cada vez menor. Nuestras mentes son máquinas. Se aprende una profesión y se termina siendo esclavo. Se exige una gran dosis de comprensión, de verdadera percepción, de discernimiento directo, para romper el círculo que la mente y la sociedad han tejido alrededor de cada uno. Enfocar estas servidumbres y abordarlas de una manera nueva, radical y profunda exige ser revolucionario, lo cual implica pensar y sentir totalmente y no solo mirar desde fuera. Debe tenerse sentido de la humildad, no cultivada ésta como virtud lo cual le hace un horror y le quita su carácter.

La virtud es espontánea, intemporal y activa siempre en el presente. Quien cultiva la humildad jamás conocerá la plenitud, la hondura, la belleza y menos la libertad de ser realmente humilde. Así no se puede aprender, porque aprender no es por cierto, la mecánica acumulación de conocimiento. Para aprender, la mente ha de tener un sentido de gran humildad, independiente de la modestia autoprotectora que la mente se impone a sí misma. Hay que estar atento y profundamente perceptivo al verdadero sentido de la humildad.

La libertad es un estado y una cualidad de la mente; un fruto
precioso sin el cual no hay dignidad, paz, orden, ni amor. No es una resultante de la memoria, ni del conocimiento, ni de ganar algo. Se da cuando se carece de temor, cuando no se produce compulsión ni condicionamiento interno o externo por amoldarse a patrones sociales y, también se da, cuando existe amor incontaminado por el intelecto, sin compromiso, en nuestro corazón. Nace cuando no se busca seguridad, ni respetabilidad, ni virtud en un proceso de encierro en uno mismo, medios estos de resistencia.

Sin existir ningún sistema para ser libre, la libertad también se da cuando no se está comprometido, a un nivel de pertenencia, con nadie ni con nada. Cuando se permanece solo, sin ser un solitario: sin amargura, sin cinismo, sin esperanzas, sin decepciones, con salud, etc., o sea, cuando la mente no está ocupada, ni el cerebro atrapado o aprisionado por sensaciones o por las palabras con sus imágenes.

Krishnamurti piensa que casi en todos hay esclavitud, bien de conceptos religiosos, políticos o de creencias, símbolos, dioses o experiencias; también de instituciones y de ideas. Estando así, se pregunta: ¿Cómo se puede ser luz para sí mismo? ¿Cómo, si también se es preso de la rutina, o se está comprometido con determinado patrón de existencia? Así jamás se puede ser claro internamente, ni comprender su propia profundidad.

En el próximo número encontrará la segunda parte:
¿CUANDO SE ALCANZA LA LIBERTAD ABSOLUTA?

ORLANDO OTERO GOYENECHE
B:.Log:.Hombres Libres No.2 Marzo de 2007.